Ayer tuve un sueño: un colegio sin horarios
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En las fechas navideñas, los niños piden sus regalos a Papá Noel o a los Reyes Magos; yo también tengo un deseo que me gustaría que se cumpliese: ¡¡enseñar en un colegio sin horarios!!

El título de este artículo está inspirado en aquel famoso discurso de Martin Luther King, pero adaptándolo a mi realidad y mis deseos: “Ayer tuve un sueño: un colegio sin horarios”

Soy consciente de que lo que voy a expresar en este artículo suscitará dos actitudes contrapuestas: aquellos que estarán de acuerdo conmigo porque ven bien (y posible) los cambios de los que hablaré, y aquellos que pensarán “esto es imposible, ¡estás loco!, así no se puede aprender”

Pues no, ni es imposible ni estoy loco; esto que yo propongo estoy seguro que ya se está haciendo en algunos colegios de nuestro Planeta (aquí tienes un ejemplo)

Esta reflexión surge de una pregunta que muchos docentes nos hemos hecho alguna vez: ¿Por qué nuestros alumnos tienen que aprender en el día a día lo que nosotros digamos, y cuándo nosotros lo digamos?

Pero, ¿qué necesitamos para que este colegio sea un éxito?

¿Qué necesitaríamos, entonces, para que este colegio sin horarios fuera un hecho, y no solo un producto de mi imaginación? Como verás a continuación, no se necesitan ni grandes inversiones económicas ni grandes cambios sociales, ni super-profesores; solo un poco de ilusión, trabajo y el deseo de llevarlo a cabo. En este colegio, cada miembro de la comunidad educativa tendría un papel importante en este proceso de aprendizaje.

  • En primer lugar, el profesor tendría que dejar de ser el que “enseña” durante todo el tiempo de clase para pasar a tener el rol o papel de guía, supervisor o mentor del aprendizaje que realiza el alumnado, utilizando, para ello, el flipped learning. Su trabajo consistiría, entonces, en “marcarles plazos” a los alumnos e ir evaluando su aprendizaje. Esto podría hacerse de la siguiente manera: a principio de cada trimestre se le dice al alumno lo que tiene que aprender para superar los contenidos correspondientes de cada asignatura (lo que viene siendo la famosa programación docente) y será el alumno el que decida cómo se va a ir organizándose para irlos preparando y dando cuenta de ellos. El resto del trabajo del profesor consistirá en resolver dudas, adaptarles los recursos según sus necesidades, ir monitorizando su progresión (por ejemplo, mediante periódicas reuniones), en definitiva: ayudarle a aprender…
  • El trabajo del alumno sería básicamente organizar y secuenciar su aprendizaje según sus ritmos personales, sus fortalezas y debilidades, sus inquietudes… Quizás un alumno quiera empezar las 2 primeras semanas del curso estudiando Matemáticas (porque es lo que mejor se le da; y recuerda que a todos nos cuesta empezar en septiembre…) y, además, el alumno va a organizar su horario semanal: como él sabe mejor que nadie que, por ejemplo, rinde mejor en tramos de 2 horas de trabajo, él mismo decidirá cuándo saldrá al recreo y cuándo está “enchufado” y, por tanto, es mejor que siga trabajando; ¿por qué tiene que descansar cuándo lo diga el horario y no cuando se lo pida su cerebro o su cuerpo?. Además, podría decidir empezar la mañana haciendo Educación Física, porque él también sabe que, después de hacer ejercicio, su cerebro rinde más y mejor (por cierto, esto ya lo está diciendo la neurociencia desde hace tiempo) Tras un rato de ejercicio físico, se sentará a trabajar de manera individual Filosofía, pues su cerebro reflexiona mejor “a primera hora”; después puede ponerse de acuerdo con sus compañeros para realizar parte del trabajo en grupo que les ha pedido el profesor de Historia sobre la Segunda Guerra Mundial (porque el trabajo en grupo, para él, es menos exigente y así cambia a una actividad más “suave”) Él mismo decidirá que va a trabajar la asignatura de Inglés al final de la mañana, pues ha comprobado que rinde más viendo los vídeos de esa asignatura en ese momento del final de la jornada, cuando ya está cansado de todo el “sesudo” trabajo anterior.
    Como ves, no algo tan complicado; solo la escuela tiene que tener claro que su objetivo es educar a los alumnos en la autogestión de su aprendizaje. Un colegio sin horarios haría posible que cada alumno se gestionase de manera autónoma o semiautónoma el tiempo de su aprendizaje. Por no decir que este tipo de organización encantaría a la Administración y a los padres, pues es la mejor manera de responder a las necesidades educativas de todo el alumnado; esto sí que sería poner a funcionar la “atención a la diversidad”.
  • Respecto al centro escolar, su tarea consistiría en proporcionar espacios (quizás vigilados o supervisados por profesores) para asegurar el trabajo común y/o individual del alumnado. El colegio, además, cambiaría los horarios actuales por “horas de tutoría” o de seguimiento de cada profesor en las que el alumno sabe que puede acudir a resolver las dudas que le van surgiendo durante su aprendizaje. Para asegurar el seguimiento durante el proceso de aprendizaje (y su optimización) debería asignar a cada alumno un tutor que le ayude a organizarse y le vaya dando feedback sobre cómo va rindiendo y que le oriente, si lo necesita, acerca de cómo su modo de organizarse y trabajar puede ser más eficaz.
  • Las familias también tendrían un papel muy importante en este colegio sin horarios. En primer lugar, y lo más importante, deberían confiar en los educadores de sus hijos, que para eso se han formado y son, por ello, los profesionales de la educación. Pero también tendrían que hablar con sus hijos para interesarse sobre lo que van aprendiendo y, sobre todo, cómo lo van aprendiendo: hablar de sus fortalezas en el estudio, y de sus debilidades, de lo que más les gusta o disgusta, de lo que quieren hacer cuando terminen el colegio, y ayudarles a afrontar los fracasos o contratiempos que les irán surgiendo en el cole.
  • Los inspectores educativos y demás miembros de la Administración educativa correspondiente tendrían un papel de visita al centro para animar a profesores y alumnos en su ardua tarea diaria de estudio y trabajo, de conversar con ellos y ofrecerles ayuda ante las dificultades que, seguro, van a ir surgiendo; pero sobre todo… deberían confiar en su buen hacer.

 

Sé que esta idea que he expuesto daría para mucha más reflexión y debate, pero no quiero cansarte con “sesudas” reflexiones, sino solamente compartir contigo mi deseo para este año que comienza.

Espero que, dentro de 10 años, yo vuelva a leer esta reflexión y me sonría al ver que mi sueño… ¡¡se hizo realidad!!

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